Una imagen y mil palabras

De todas las víctimas de la férrea censura que China ejerce sobre Internet, la fotografía de “El Rebelde Desconocido” es particularmente simbólica: evoca un pasado que se pretende inocultable e ilustra sobre el papel de Google y EE.UU en la actualidad.


El hombre permanece de pie frente a una fila de cuatro tanques en plena capital china. No se ve a ninguna otra persona cerca: está solo. Solo contra esas cuatro enormes maquinarias bélicas que, esta vez, no luchan contra un enemigo externo sino contra la disidencia urbana y estudiantil.

Esta es la somera descripción de la fotografía más emblemática de la represión a los estudiantes en Tiananmen (1989). Su autor, Jeff Widener, de la agencia Associated Press (AP) se ganó el Premio Pulitzer y los medios occidentales rápidamente bautizaron al protagonista de la imagen como “El Rebelde Desconocido”.

Poco importa si el hombre estaba ahí por un arrebato de valentía o de demencia, lo cierto es que acabó siendo el símbolo de un momento histórico que China nunca quiso compartir frente al mundo. Para Time fue “uno de los hombres clave” del siglo XX y para las cadenas internacionales que transmitieron las imágenes en vivo (ver video aquí), aquellas escenas inauguraron una nueva era mediática.

Como bien lo ha descrito el periodista Ignacio Ramonet , Tiananmen –junto a la caída del Muro de Berlín y el derrocamiento del dictador rumano Ceacescu, hechos también ocurridos en 1989- significó la consagración de la TV como medio informativo. Por primera vez, los avances tecnológicos hacían posible “asistir” a una revolución en directo mientras el verbo “mostrar” sustituía al de “explicar”. Al decir de Ramonet: “Se establece una ecuación (falsa) por la cual ver es comprender, sin necesidad del periodista”.

Dos décadas después, las comunicaciones (incluyendo especialmente el rol del receptor en ellas) han experimentado un cambio vertiginoso. El más importante es, sin duda, la aparición de Internet y el lugar que ésta ha dado a los usuarios. A riesgo de caer en simplificaciones burdas, baste decir que hemos pasado del modelo televisivo que proponía un receptor pasivo (recuérdese el estereotipo del “couch potato” ) a otro que prioriza la personalización. No han desaparecido los telediarios, desde ya, pero conviven con un medio como Internet, dónde (¿todavía?) es posible rastrear información en una relativa variedad de fuentes y formas en el momento en que se desea.

Lo precedente no intenta vanagloriar a la red ni decretar la adusta vejez de la televisión (en efecto, Internet es también YouTube y la preeminencia de lo puramente audiovisual por sobre las explicaciones de contexto) sino ejemplificar las herramientas de comunicación que ha posibilitado la era digital.

Sin embargo, mientras esos avances resultan indiscutibles desde el punto de vista tecnológico, una reflexión sobre sus usos –y las limitaciones a estos- podría robarnos el optimismo repentinamente. En paralelo a la irrupción y consolidación de Internet, también se han consolidado sofisticados sistemas de control sobre la masa de información circulante en ella.

Y es aquí dónde cabe volver a la imagen de “El Rebelde Desconocido”. Han pasado dos décadas desde que Occidente condensó en ese anónimo personaje toda una visión del gobierno y la sociedad chinos. Pero, fronteras adentro, la situación es completamente diferente. “El Rebelde Desconocido” es una de las imágenes más censuradas del país y todas las asociaciones léxicas que derivan de los acontecimientos de “Tiananmen” son virtualmente inaccesibles para los internautas chinos.

Malas palabras

La ONG británica Information is beautiful ha graficado cómo es esa “otra” gran muralla china en Internet. Está “construida” con un largo listado de sitios web y términos de búsqueda no permitidos y aunque el sistema no es infalible , su efecto en el corto y mediano plazo es que los chinos desisten de informarse sobre ciertos temas, cansados de leer la leyenda “No se puede mostrar la página” o temerosos de la cibervigilancia gubernamental. El sistema induce a la autocensura y se pone especialmente riguroso con los temas “sensibles” en la agenda de Pekín: Tíbet, Dalai Lama, Taiwán, Xingiang y –cómo no- la revuelta estudiantil de 1989.

En el caso particular de Tiananmen y “El Rebelde Desconocido”, la censura es tan demoledora como obvia. Cualquier internauta puede echar un vistazo y verlo en su propio ordenador. Primero, hay que ir a la página de Google.cn (Google China) y escribir “Tiananmen”, luego ir a “buscar” y después hacer click en “图片 “ (el equivalente a Google Imágenes). Se despliegan una larga lista de imágenes que incluyen varias fotos panorámicas de la plaza y del edificio conocido como Puerta de la Paz Celestial. “El Rebelde Desconocido” brilla por su ausencia y aunque aparece una pequeña imagen suya en un solitario resultado de la segunda página, por alguna razón que desconozco resulta imposible ir al sitio de Internet que la aloja.

Repitiendo el “ejercicio” en Google México (o cualquier otra versión “occidental” de Google) el contraste es impactante. “Tiananmen” es sinónimo de los sucesos de 1989 antes que de cualquier otra cosa. Y allí, la foto de Widener se repite en 14 de los primeros 20 resultados. Después, entre la segunda y cuarta página de resultados, “El Rebelde Desconocido” aparece en un total de 33 resultados sobre 60 (es decir el 55% de las veces).

“Debe ser un desfile”

Expuestas estas disparidades, es necesario hacer un par de comentarios adicionales. El primero es que la censura es una voluntad que Pekín exige a todas las empresas de comunicaciones que operan en el país. En el caso de Internet, Google es sólo uno de los motores de búsqueda de China y ni siquiera es el más importante. Vayan a la página de inicio de Baidu , reintenten la búsqueda de Tiananmen y los resultados no serán muy distintos.

La segunda consideración que no debería pasarse por alto es que la validez de la “comprobación de censura” aquí relatada –aunque elocuente- es relativa. Sin embargo, resulta fácil suponer que, dentro del territorio chino, las búsquedas de esas palabras tan antipáticas para el régimen se topen con muchas más piedras en el camino.

Sea como fuere, la censura contra Tiananmen –tan obsesiva como antigua- ya parece dar sus frutos entre las nuevas generaciones chinas. Una anécdota ilustrativa al respecto es que en 2006, los productores de la cadena estadounidense PBS, a propósito de la realización del documental “The Tank Man” (“El hombre del tanque”), les mostraron la foto de “El Rebelde Desconocido” a estudiantes universitarios de Pekín. La mayoría no reconoció la imagen como parte un suceso conocido y hubo hasta quién arriesgó. “Debe ser un desfile” .

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Presencia y ausencia

La fotografía de “El Rebelde Desconocido” bien puede leerse como una metáfora de las relaciones entre China y Occidente. En 1989 nace y se populariza todavía en el contexto de una vacilante Guerra Fría (el Muro de Berlín se caería cinco meses después) y es la hija ilegítima de un momento inoportuno para la entonces cúpula dirigente .

La intensa cobertura informativa de la represión en Tiananmen generará, además, consecuencias importantes en el plano geopolítico. En EE.UU, republicanos y demócratas la utilizarán frecuentemente como el argumento más firme para oponerse al comercio con China o para azuzar el temor al gigante asiático. Junto a la Unión Europea, además, se impondrá a Pekín un embargo a la compra de armamentos.

Veinte años después, ya no es sensato rechazar ningún tipo de acuerdo comercial con China. Todo lo contrario. Para Washington, Pekín es un socio imprescindible y las empresas estadounidenses, incluyendo a Google , Yahoo! y Microsoft, son capaces de obstaculizar cualquier ejercicio a la libertad de expresión si la meta última es hacerse con el lucrativo mercado local.

Precisamente al abrigo de esos mutuos intereses comerciales, es dónde la censura ha encontrado un cómodo lugar. Puede Hillary Clinton pronunciar discursos altisonantes sobre la democracia y las nuevas tecnologías (“Mientras hablo con ustedes ahora, los censores de algunos gobiernos trabajan celosamente para borrar mis palabras de los registros de la historia” ) y puede también Google sobreactuar ciertos comportamientos. Pero el caso es que “El Rebelde Desconocido” continúa ahogado en el océano de datos de los buscadores. Y si antes era su imagen la que evocaba un cierto estado de cosas (la represión del gobierno chino, el papel de la prensa extranjera y los cimbronazos de los regímenes comunistas) ahora es su ausencia en la faz digital china la que revela otro panorama.

Ese panorama –sin entrar en demasiados detalles- habla de las convenientes transacciones entre democracia y comercio (saldadas, claro, a favor de este último) y ejemplifica un combate entre naciones desarrolladas y grandes trasnacionales de la tecnología que probablemente se intensificará en el futuro.

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EL HOMBRE DEL TANQUE


El “hombre del tanque” lleva casi 21 años de fama pero, paradójicamente, poco y nada se sabe de su suerte. Eso sí, las dudas sobre su paradero comienzan el mismo día de los acontecimientos: hay quienes afirman que cayó bajo las balas de la represión y quienes sostienen que logró escapar.

Se llamaría Wang Weilin, pero ni siquiera este dato tiene la suficiente fiabilidad. Podría estar viviendo en la China rural o en Hong Kong. O pudriéndose en alguna cárcel.

Como protagonista central de los sucesos que Pekín aún insiste en ocultar, es lógico que en China nadie sepa de él. La mayoría, probablemente, ya dejó de preguntárselo.

La única respuesta “oficial” sobre el caso la dio el ex presidente Jiang Zemin. Y, por cierto, no con muy buena cara. Fue a propósito de una entrevista que le concedió a la periodista estadounidense Barbara Walters en 1992.

—¿Alguna idea sobre lo que le ocurrió al hombre de esta foto? —sorprende Walters con imagen en mano.
—Creo que quizás el tanque no lo mató.
—¿Desconoce entonces lo que pasó?
—Creo que no murió.

Es lo mismo que piensa Frank Lu Siqing, opositor chino exiliado en Hong Kong desde 1989. Este ex soldado del ejército (perseguido por el régimen precisamente luego de mostrar simpatía con el movimiento de Tiananmen) no sólo cree que Wang Weilin (o como se llame) no murió. Lu Siqing cita documentos que revelan que el propio gobierno chino tampoco tiene ni la más remota idea sobre el destino de aquel hombre que tanta mala fama les reputó frente al mundo entero.

Publicado originalmente en Revista REPLICANTE