Todo, todos y en todas partes

La imposibilidad de desconectar y la omnipresencia de la tecnología están redefiniendo los espacios públicos y privados. Detrás de la fascinación que despierta la vida digital, proliferan individuos abstraídos por pantallas y adicciones silenciosas que se generalizan. Entre el bombardeo de datos y la incapacidad de procesarlos, surgen nuevas escenas cotidianas para lo que queda de nuestra vida “offline”.

todo el tiempo y en todas partes

 Por Andrés Bacigalupo

          Robotizados, sedientos de actualizaciones, adictos a la novedad, sobreinformados y –para no dejar de usar un neologismo de moda– “infoxicados”. Parece difícil señalar cuando ocurrió todo esto, cuando fue que nos “digitalizamos tanto” y cómo fue que, en nombre de nuestras nuevas necesidades de conexión, cobraron tanta relevancia algunos contratiempos cotidianos como quedarse sin batería, olvidarse el teléfono o transitar zonas desprovistas de wifi. Para esos inconvenientes devenidos en tragedias cotidianas surgieron palabras como “nomofobia” pero, como veremos más adelante, se trata de algo más que trastornos de última moda.

          La impresión general, sazonada a veces con dosis apocalípticas, es que vamos camino hacia una suerte de estupidización masiva, dónde la dependencia del mundo online se acentúa de la peor manera: estar conectado es el fin y no el medio. Algunas parodias inteligentes como Idiot, cuyo mensaje contiene críticas tanto hacia las corporaciones como hacia los usuarios, se ocupan de nosotros cuál perros de Pavlov de la era digital mientras que análisis serios como los de Nicholas Carr (autor del celebrado artículo de 2008 Is Google making us stupid? ) apuntan a nuestra incapacidad de procesar las inmensas cantidades de información con las que lidiamos habitualmente. Carr cree incluso que la web está destruyendo nuestra capacidad de concentración.

INCAPACES. El libro de Carr abrió la polémica sobre nuestra capacidad de procesar grandes cantidades de información.

HIPERCONECTADOS

          A  la visión sombría de Carr no le faltan críticos (por cierto, este artículo de Jonah Lehrer es un gran ejemplo) pero su preocupación sobre sociedades conformadas por pseudo-zombies parece legítima. Mucho más acá de la relación individuo-información, hay un gran signo de pregunta sobre la relación individuo-dispositivo, sobre todo por la generalización de circunstancias en las que, la presencia de los aparatos, dejó de ser una cuestión práctica para mostrar su costado más perturbador.

          El día que proyectos como Loon de Google se concreten la idea de un planeta enteramente conectado ya no será algo metafórico. Para entonces, quienes quieran desconectar “no tendrán escapatoria”. Pero, ¿Cuántos serán? ¿Cuántos querrán realmente vivir algunos días –u horas- alejados de la vida online? Y, más aún, ¿Cuántos podrán?

          La pregunta parece difícil de contestar desde el presente, sobre todo a la luz de algunos trastornos crecientes. La adicción generalizada a mirar nuestros teléfonos (unas 150 veces por día según algunos estudios) y fenómenos como el “phubbing“(esa maldita costumbre de mirar pantallas en detrimento de personas) empiezan a mostrar grietas de fastidio en nuestro vínculo con la tecnología. En este paisaje de estrés y ansiedad, hay individuos que procrastinan eternamente y conversaciones cara a cara que decaen irremediablemente tras su desigual competencia con pantallas repletas de emoticones.

 Phubbing un tema generacional

150 POR DÍA. Es el promedio de veces que una persona chequea su celular, según un estudio.

HIPERIGNORADOS

         La imposibilidad de despegar los ojos de una pantalla o la compulsiva necesidad de mirar el smartphone en busca de notificaciones de toda clase no es, como en principio podría parecer, un asunto exclusivamente individual. Pensando en eso, un grupo de investigadores australianos acuñó el término “phubbing”, que desde la fusión de las palabras phone (teléfono) y snubbing (desairar) le pone nombre a la insidiosa situación de ser ignorando en detrimento de la atención que demanda un teléfono o una tableta.

       Es difícil pronosticar si esta descortesía, hija de la era digital, se naturalizará algún día sin horrorizar a nadie. Después de todo, el umbral de lo que es socialmente aceptable varía generación tras generación. Por lo pronto, la tendencia de restaurantes y hoteles “libres de wifi” revela que muchas personas todavía quieren cenar sin las interferencias del mundo online y descansar sin la prisa de querer compartir sus momentos instragrameados desde la playa.

OJOS QUE NO VEN

         Pero la omnipresencia de los dispositivos tecnológicos en vastas esferas de nuestra vida (laboral, social, etc) no se limita a afectar nuestros modales los que, después de todo, irremediablemente variarán con el correr de los años.

         La contracara de gente que cada vez mira más pantallas es… gente que cada vez mira menos gente. Esta tendencia, que puede parecer exagerada, ya atrapó el interés de muchos investigadores estadounidenses, que constatan que el ciudadano promedio de su país pasa un promedio de 5 horas diarias con los ojos “clavados” en algún dispositivo  (considerando televisores, teléfonos, ordenadores y tabletas).

Caminar y mensajear hubo intentos de prohibir

PROHIBIDO DISTRAERSE. En EE.UU hubo iniciativas para prohibir que los peatones caminen mirando sus teléfonos.

         Pero, ¿qué pasa si nos miramos menos? Muchos científicos sociales están de acuerdo en que “se paga un costo”. Por cierto, se trata de un costo difícil medir ya que la principal consecuencia es emocional. Según un estudio citado por The Wall Street Journal, en una conversación normal entre adultos, se establece contacto visual entre el 30 y el 60% del tiempo, pero la conexión emocional surge cuando se hace contacto visual durante el 60-70%.

         Si la intermediación de la tecnología avanza en detrimento del contacto visual “cara a cara”, probablemente no tendremos un mundo siniestro y robotizado, pero sí dificultades a la hora de conectar auténticamente con alguien. El escritor Daniel Goleman insistía recientemente en The Huffington Post que “no se puede establecer un verdadero contacto con una persona que está distraída”.

ESPACIO PÚBLICO, BURBUJAS PRIVADAS

          Los distraídos, por cierto, parecen ser cada vez más. En las calles y en las estaciones de metro de las grandes ciudades del mundo, miles de personas se mueven, cuál muchedumbres absorbidas por sus smartphones, como verdaderos autómatas.

         En Japón, según un relevamiento, el 60% de los universitarios de Tokio que toman el metro, admite haberse chocado con otro transeúnte por estar mirando su teléfono. Simultáneamente, la prefectura de Osaka comprueba que crecen los asaltos dirigidos a quiénes caminan abstraídos por las pantallas de sus móviles. En este escenario, no han faltado impulsores de la prohibición del “texting while walking” (escribir mientras se camina), una iniciativa que también se discutió en algunos lugares de Estados Unidos.

         Como nos ha enseñado más de una vez la historia, las prohibiciones suelen fracasar rotundamente y no parece que este tipo de iniciativas vayan a ser la excepción. Muchos usuarios de smartphones seguirán desplazándose por las ciudades como si se transportaran en burbujas de información privadas y es ingenuo creer que una ley pueda incidir en ello.

         Pero las hordas de peatones distraídos son sólo el aspecto superficial de cómo la tecnología está rediseñando el mapa del espacio público. Al movernos con dispositivos que facilitan toda clase de información (incluyendo, desde ya, los datos de geolocalización que nos permiten dar con un teatro, un bar o cualquier otro sitio) ya no necesitamos preguntarle nada a ningún extraño. Y, esto, al menos para el investigador israelí Tali Hatuka, es una “muy mala noticia”.

conversar con extraños

EN EXTINCIÓN. La tecnología tornará innecesarias las conversaciones con “extraños” en la vía pública.

       Hatuka trae a cuento algunos conceptos clave de la sociología y recuerda que, por definición, el espacio público “juega un papel importante en nuestras comunidades: es dónde observamos y aprendemos a actuar recíprocamente con la gente que es diferente a nosotros”. La “comunicación con extraños”, agrega Hatuka, es un elemento esencial en este sentido. Desde este punto de vista, la irrupción de dispositivos que proveen todo tipo de datos amenaza con disminuir los intercambios con desconocidos prácticamente “a cero”.

SOMOS NOSOTROS

          Este racconto sobre cómo los nuevos hábitos tecnológicos están desdibujando algunas de nuestras costumbres más arraigadas es, desde ya, incompleto. La escala y las proporciones del cambio son de momento poco claras y, más allá de las incertidumbres que despierta, se trata de transformaciones que no afectan a todos los individuos en el mismo grado. El peso del factor generacional es aquí indudable.

          Lo que sí parece cada vez más evidente es que nuestra nueva condición de seres con acceso permanente a la información nos ubica de manera diferente frente a los otros. Y que, al margen de los usos previstos y posibles de las innovaciones tecnológicas, no han dejado de surgir otros –cercanos al abuso- que hablan menos de los dispositivos que de nosotros mismos.

Sopa de titulares (IV)

 

CHOCOLATE, DULCE DE LECHE Y MUERTE

Lomatoenlaheladeria

 

PONELE “K” A TODO…

Perfil hace historia al llamar K a caño

 

SI BEBE, QUE NO SEA EN LA PUERTA DE ESTE DIARIO

El diario que te escracha

 

¡QUÉ APARATO EL ELPIDIO!

Otra de Elpidio

 

¿MOYANILANDIA?

ElDiaDelNiñoCamionero

 

OPORTUNA

MuyOportuna

 

RESPUESTA RÁPIDA

RespuestasALasTrompadas

 

PAPÁ SE VOLVIÓ LOCO

ElHeroeDelDia

 

RARA, COMO ENCENDIDA…

amigadeNoritasemato

 

DÍA DE LOS ENCULADOS

Anibal F cara de culo y peluche

 

DIOS NO EXISTE

Cuidacoches honesto pero atropellado

 

 

 

TE GUSTA ESTA NOTA

Es el símbolo indiscutible de la era digital. Nace a cada segundo para indicar “aprobación” sobre una infinita cantidad de temas, personas y situaciones. Mientras las marcas lo desean y los especialistas hablan de comunicación “superflua”, han surgido desde controversias sobre su contribución a la libertad de expresión hasta un mercado “negro”. Sí, un mercado de me gusta truchos.

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Por ANDRÉS BACIGALUPO

Se piden, se dan, se acumulan. Ayudan a visibilizar fotos de vacaciones, sirven para promocionar toda clase de emprendimientos y pueden impulsar causas que parecían perdidas. Representan una de las maneras más ágiles de la comunicación actual: un sólo click nos ahorra la “tarea” de tipear y nos sirve para aprobar fotos, adherir a comentarios y “apoyar” esos híbridos llamados “estados” (es decir, la respuesta a la vaga pregunta “¿Qué estás pensando?”). Los me gusta, tan aparentemente triviales, son, sin embargo, el corazón de Facebook y, gracias a él, se convirtieron en innegables indicadores de aprobación y popularidad.

Para trazar esta suerte de radiografía del like, digamos, en principio, que en 2012 hubo 2700 millones de ellos…por día. Es probable que hayan contribuido a inflar los egos de millones de personas, elogiando con su muda eficacia las nuevas fotos de perfil y dejando el implícito rastro de que eso que se posteó, se vio y, en términos generales, agradó. Por cierto que es muy pertinente aquello de los “términos generales” porque, como sabemos sólo por nuestra experiencia, “likear” no tiene el mismo valor para todos los usuarios de Facebook. Habilitado oficialmente el 9 de febrero de 2009, el me gusta estuvo inicialmente asociado al consumo (de productos o de estrellas de rock, pero de consumo al fin). Sin embargo, el correr de los años y las prácticas de los internautas, lo convirtieron también en un modo simple de expresar apoyo o aprobación, tanto hacia un conjunto de ideas en general como hacia otras personas en particular.

A tus neuronas les gusta esto

El paso del tiempo también fue moldeando lo que significa recibir un “me gusta” y, contra la aparente banalidad del tema, algunos estudiosos empiezan a interesarse en el impacto real de esta minúscula acción virtual. Para los investigadores de la Universidad Libre de Berlín, por ejemplo, recibir un me gusta activa zonas del cerebro relacionadas con el placer. Esa presunta excitación neuronal ocurre en las mismas áreas que se estimulan con el dinero, la comida y el sexo. Ante esto, podemos ser escépticos y preguntarnos: ¿Tanto gustan los me gusta?

La respuesta es presumiblemente compleja pero es innegable que Facebook –y su símbolo estrella- están ganando el interés de muchos científicos sociales. La mayoría de ellos intenta esclarecer cuánto hay de cierto en aquella percepción generalizada de que el porcentaje de vida virtual “avanza” sobre la vida real y, especialmente, qué papel juegan en ello las redes sociales. Por lo pronto, disponemos de algunas cifras contundentes: de los 10 países del mundo más enamorados de Facebook, 5 están en América Latina (Argentina, Brasil, Perú, Chile y México). Los latinoamericanos pasamos, en promedio, algo más de 8 horas mensuales en la red creada por Mark Zuckerberg.

¿Happy hours?

Más allá de los números, la pregunta es cómo “son” esas horas en la red social, es decir, cómo se “llenan” y qué efectos generan en sus usuarios. En este sentido no debe sorprendernos lo que sugieren algunos estudios: todo depende de cómo se utilice Facebook.

Investigando el comportamiento de 1200 usuarios, la estadounidense Moira Burke identificó dos formas predominantes de utilizar la red social para comunicarse con los demás: “Composed Communication” y “One-Click Communication”. La primera, compuesta mayoritariamente por comentarios y mensajes directos, incide favorablemente sobre el ánimo de los usuarios, haciéndolos sentir menos solos. La segunda, dominada por los me gusta, no produce, en cambio, ningún efecto positivo.

Pero eso no es todo: Burke afirma que en Facebook las personas experimentan una sensación más genuina de comunicación cuando sostienen conversaciones “semipúblicas” (por ejemplo, a partir de una catarata de comentarios generados por un posteo en el muro) que cuando chatean en forma privada. Aquí, otra vez, no hay ningún piropo para los likes, devenidos en sinónimos de contacto superficial.

Dar y recibir LIKES

DESEADOS. Según una investigación, recibir “likes” genera placer en el cerebro.

Somos lo que “likeamos”

Pero si esta forma superflua de comunicación inquieta a los más “humanistas” y desvela a los psicólogos sociales, para los analistas de marketing se trata de un nuevo tesoro. Los innumerables me gusta que un usuario otorga a marcas, personajes y lo que sea que en Facebook se constituya como “página”, permiten trazar un perfil de consumidor notablemente detallado. En la era digital, uno es lo que “likea”.

La eficacia que tienen los me gusta como fuente de información sobre nosotros mismos, no debería subestimarse. Del análisis del vasto “arsenal” de likes que uno deja, día tras día, en su paso cotidiano por Facebook, no es difícil inferir toda clase de características personales: desde creencias religiosas y coeficientes intelectuales hasta preferencias políticas y orientación sexual.

En este caso, la aventura académica corrió por cuenta de la Universidad británica de Cambridge en base a 58 mil casos. La investigación se centró en analizar única y exclusivamente los me gusta. Luego, se aplicaron modelos estadísticos que esbozaran perfiles promedio. Y, finalmente, se contrastaron los resultados con datos proporcionados por los usuarios. La coincidencia entre una y otra fuente fue alta en varios ítems: 85% a la hora de averiguar si el usuario era demócrata o republicano y 82% cuando se trataba de catalogar a la persona como cristiana o musulmana.

Aquí, vale la siguiente aclaración de los investigadores: no son muchos los usuarios que dieron likes en iconos que reflejaran de modo explícito algún rasgo biográfico. Por ejemplo, sólo el 5% de los usuarios gays incluidos en la investigación le había dado un me gusta al matrimonio entre personas del mismo sexo.

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CLANDESTINIDAD. La insólita “granja” de likes montada en Bangladesh.

No aceptes imitaciones

Pero que nuestra información personal sea la mercancía que sustenta a Internet en general y a las redes sociales en particular, ya no debería sorprendernos. En este contexto, el me gusta es nada menos que una herramienta de recolección de datos cuyo funcionamiento avalamos tácitamente con nuestro “ok” a la política de privacidad, esa que, entre otras cosas, dice “permitimos a los anunciantes seleccionar características de usuarios a los que quieren mostrar sus anuncios…” y un largo etcétera.

El eufemismo “características de los usuarios” es un capital intangible que las grandes marcas han sabido acaparar. Compañías como Wal-Mart, Starbucks, Samsung Mobile y Oreo cuentan sus likes por decenas de millones. Estas empresas, sin embargo, son sólo la cima de la fidelización a un click. Porque la carrera por acumular me gusta empieza desde bien abajo y puede llegar a tener, por cierto, ribetes turbios.

La desmedida pasión de muchos ciudadanos de Bangladesh por los calabacines y por la película animada escocesa “Sir Billi” llamó la atención del periodista británico Charles Arthur. Resultaba por lo menos curioso que la mayoría de los likes en sendas páginas de Facebook fueran, precisamente, de ciudadanos de ese país asiático (y de direcciones IP de idéntica procedencia). Pero Arthur no tardó en descubrir lo que bautizó como una “granja de clicks” montada con la única finalidad de venderlos al mejor postor. “¿Quiere obtener muchos pulgares hacia arriba para aumentar la reputación digital de su empresa? Pues pague por ellos”.

Como una especie de Facundo Pastor, pero de las plataformas digitales, Arthur constató además que un tal “Russell” oficiaba de capataz de este singular “emprendimiento” y que sus precarizados empleados cobraban a razón de 15 dólares por cada 1000 me gusta. Habría 25 mil bangladeshíes involucrados en esta bizarra trama que evita usar boots (sistemas automatizados)  porque, precisamente, Facebook los detectaría. Los clientes, mientras tanto, son empresas de toda clase y tamaño que no quieren esperar demasiado tiempo para mostrar que miles de personas los prefieren.

Derecho o accidente

En abierto contraste con los likes apócrifos de Bangladesh, muchos ciudadanos de todo el mundo canalizan en Facebook su genuina adhesión a causas de todo tipo, incluyendo campañas políticas. El caso del guardiacárcel estadounidense Danny Carter es, en este sentido, revelador, no tanto por la acción en sí sino por el debate subsiguiente que desató con su click.

Carter dio un “me gusta” a la página de Facebook del rival político de su jefe, un sheriff de Virginia que aspiraba a ser reelecto en su cargo. Según Carter, luego fue despedido por ello y por eso, llevó el caso a la justicia, plateando –palabras más, palabras menos- que había sido echado por razones políticas.

Pero para la justicia de primera instancia dar un “me gusta” no tiene nada que ver con la libertad de expresión. El juez de distrito Raymond Jackson aseguró que es “demasiado ambiguo” considerar que las “expresiones de un click” deban ser protegidas por la Primera Enmienda. Tanto Jackson como el fiscal de turno consideraron que los “me gusta” no siempre reflejan una opinión. Es mas, señalaron que “a veces la gente da un me gusta para acceder a una página o simplemente, por accidente”.

Desde ya que “la teoría de los likes accidentales” no fue bien recibida ni por los activistas en favor de la libre expresión ni por los propios representantes de Facebook, para quienes el “me gusta” debe tener el mismo status que un cartel de “VOTE POR…” clavado en el césped de cualquier suburbio. El debate sigue abierto.

La historia que nos perdimos

Judicializado, devaluado, cuestionado. Pero, indiscutiblemente, muy popular. Como consecuencia obvia de la inserción que tiene Facebook en la vida cotidiana, el “me gusta” ha servido para abreviarnos muchas conversaciones virtuales para los que, de todos modos, no tendríamos tiempo. Como producto estrella de la era digital, resulta lógico que pueda medirse y seguirse y que se haya convertido en el parámetro de popularidad más “mainstream” de la actualidad, igualándolo todo; personas, personajes, activismo, marcas, políticos, más marcas.

Como toda invención, ha tenido usos previstos y no previstos y cada uno de los miembros de la red social más popular del mundo (que, vale la pena recordar, somos más de 1000 millones) lo usa de acuerdo a su personalidad y a una larga serie de variables que sería aburrido detallar. Mientras tanto, nos hemos olvidado del botón “no me gusta”, una idea que nunca se concretó. Una lástima, porque, de haberlo hecho, la historia de Facebook hubiera sido completamente distinta. Y, probablemente, mucho más interesante.

* Este artículo fue originalmente publicado en octubre de 2012 en El Puercoespín.

Sopa de titulares (III)

DILEMA

MIRA COMO TIEMBLAN

NO, NO ES UN TITULAR REBUSCADO. NADA QUE VER…

QUÉ LINDO EL VIDEÍTO

¿”POLIETILENIA”?

Y ACÁ ANDAMOS TODAVÍA CON “LA MATERNIDAD EN CASA…”

Titulares de: La Voz del Interior (15-04-2012), ABC.es (15-04-2012), Crónica (Comodoro Rivadavia – 08-04-2012), La Gaceta (10-05-2012), Los Andes (10-05-2012 x 2)

 

Más titulares: Sopa de titulares ISopa de titulares II

Aromaterapia

La policía londinense utilizará una novedosa arma para “neutralizar” las protestas sociales: proyectiles con un olor insoportable.

 

Faltan menos de 4 meses para las Olimpíadas de Londres pero el mal humor social británico, corolario de meses de recesión, podría arruinar la “fiesta” olímpica. Por eso, en prevención de protestas poco pintorescas para turistas y deportistas extranjeros, la policía de la capital británica ya pensó en un novedoso elemento de “disuasión”: un olor repugnante que le va a quitar a cualquiera las ganas de sostener una pancarta.

Con las sutilezas ridículas muy frecuentes en estos casos, hablamos, técnicamente del “DIP” (Discriminating Irritant Projectile), que será usado para dispersar a revoltosos. No desaparecerán ni las balas de goma ni los gases lacrimógenos pero es probable que sean opacados por este nuevo juguetito antidisturbios.

Chau ropa

Según el sitio RT en español, el “aroma” del DIP será “tan pestilente” que los afectados no tendrán otra alternativa que “cambiarse de ropa porque no podrían soportar la hediondez y la gente no podría permanecer a su lado”.

La creatividad anti protestas, mientras tanto, no se detiene: según The Guardian también se está pensando en “rayos de calor” y “armas de sonido”.

La represión, como se ve, apunta literalmente a todos los sentidos.

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Países heavy

Rareza: un mapa que clasifica a los países según la cantidad de bandas de heavy metal cada 100 mil habitantes.

 

En un primer vistazo, este mapa (doble click para agrandar) podría corresponder al típico atlas temático de desarrollo o salud. Porque en el norte de Europa están los colores intensos y en el África subsahariana los colores débiles. En el medio, todos los demás. Pero no se trata de camas de hospital cada 100.000 habitantes ni de porcentaje de personas cuyas necesidades básicas están insatisfechas. Se trata de música y, concretamente, de heavy metal.

Según datos de la Encyclopaedia Metallum (la fuente de información del mapa, que publicó Strange Maps) Finlandia tiene 54,3 bandas de heavy metal por cada 100.000 habitantes y Suecia, 37.3. El tercer y cuarto lugar de este curioso ranking también lo ocupan, Noruega e Islandia, respectivamente.

Como se observa, fuera de Europa sólo sobresalen Australia, Nueva Zelandia, EE.UU, Canadá y tres países sudamericanos: Chile, Argentina y Uruguay.

Puestos a especular, no hay ningún “gran país productor” de heavy metal en las zonas ecuatoriales. Incluso muchos de los países tropicales tienen apenas una sola banda del género; como Mozambique, Angola, Jamaica y Barbados.

La otra “coincidencia” clara que arroja el mapa es que el heavy metal es bien primermundista. Los países con más bandas por habitante también son los más desarrollados a nivel económico social. Y al revés.

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Sopa de titulares (II)

¿ALIVIO?

Perfil, 07/04/2012

 

VIDAS PARALELAS

Perfil, 07/04/2012

 

TOLERANCIA

Los Andes, 07/04/2012

 

JUBILADOS DE PRIVILEGIO

La Voz del Interior, 02/04/2012

 

ASÍ SE CUENTA UN ACCIDENTE

Diario Extra, 04/04/2012

 

AMOR FURTIVO

El Diario de la República, 28/03/2012

 

POBRES “POSTA”

ABC.es , 23/03/2012

 

Mirá también: SOPA DE TITULARES (I)